Leer literatura por primera vez puede suponer un reto para muchos estudiantes. Cada autor hace uso de un léxico particular, palabras locales, jergas o arcaísmos, propios de su época o de su ciudad o región. Estos cuentos o fragmentos han sido diseñados - con la ayuda de imágenes y anotaciones - para apoyar al estudiante con la lectura de la literatura hispana. 


BALÚN CANÁN (fragmentos)

I

Recién salida del baño la cabellera de mi madre dejar caer gotas gotea. Se la envuelve en una toalla para no mojar el piso de su dormitorio. Yo voy detrás de ella, porque me gusta verla arreglarse. Corre las cortinas, con lo que la curiosidad de la calle queda burlada, y entra en la habitación una oscuridad penumbra discreta, silenciosa, tibia. De las cajones, mueble con espejo gavetas del tocador mi madre va sacando el cepillo de cerdas ásperas el peine de concha de tortuga carey veteado; los botellitas de cristal o metal pomos de crema de diferentes colores; las pomadas para las pestañas y las cejas; el lápiz rojo para los labios. Mi madre va, minuciosamente, abriéndolos, empleándolos uno por uno. Yo miro, extasiada, como se transforma su rostro; como adquieren relieve las facciones; como acentúa ese rasgo que la embellece. Para colmarme el corazón llega el momento final. Cuando ella abre el ropero y saca un cajita para joyas cofrecito de caoba y vaciar, verter vuelca su contenido sobre la seda de la colcha, preguntando:

—¿Qué joya para las orejas aretes me pondré hoy? La ayudo a elegir. No. Éstas arracadas no. Pesan mucho y son tan llamativas. Estos calabazos que le regalo mi padre la víspera de su boda son para las grandes ocasiones. Y hoy es un día cualquiera. Los de azabache. Bueno. A tientas se los pone mientras suspira.

—¡Lástima! Tan bonitas joyas alhajas que vende doña Pastora. Pero hoy... ni cuándo. Ya me conformaría yo con que estuviera aquí tu papá. Sé que no habla conmigo; que si yo le respondiera se disgustaría, porque alguien ha entendido sus palabras. A sí misma, al viento, a los muebles de su alrededor entrega las confidencias. Por eso yo apenas me muevo para que no advierta que estoy aquí y me eche (echar) me destierre.

—Ya. Los aretes me quedan bien. Hacen juego con el vestido. Se acerca al espejo. Se palpa en esa superficie congelada, se recorre con la punta de los dedos, satisfecha y agradecida.

De pronto las aletas de su nariz empiezan a palpitar como si olieran (oler) ventearan una presencia extraña en el cuarto. Violentamente, mi madre se vuelve.

—¿Quién está ahí? De un rincón sale la voz de mi nana y luego su figura.

—Soy yo, señora. Mi madre suspira, aliviada.

—Me asustaste. Esa manía que tiene tu raza de caminar sin hacer ruido, de espiar acechar, de aparecerse donde menos se espera. ¿Por qué viniste? No te llamé. Sin esperar respuesta, pues ha cesado de prestarle atención, mi madre vuelve a mirarse en el espejo, a marcar ese pequeño pliegue del cuello del vestido, a sacudirse la mota de polvo que llegó a posársele sobre el hombro.

Mi nana la mira y conforme la mira va dando cabida en ella a un llanto sollozo que busca salir, como el agua que rompe las piedras que la cercan. Mi madre la escucha y abandona su contemplación, irritada.

—¡Dios me dé paciencia! ¿Por qué lloras?

La nana no responde, pero el llanto sollozo sigue hinchándose en su garganta, lastimándola.

—¿Estás enferma? ¿Te duele algo?

No, a mi madre no le simpatiza esta mujer. Basta con que sea india. Durante los años de su convivencia mi madre ha procurado hablar con ella lo menos posible; pasa a su lado como pasaría junto a un agua que se emposa después de la lluvia charco, recogiéndose remangándose la falda.

—Toma. Con esto se te va a quitar el dolor.

Le entrega una tableta blanca, pero mi nana se niega a recibirla.

—No es por mí, señora. Estoy llorando de ver como se derrumba esta casa porque le falta cimiento de varón.

Mi madre vuelve a guardar la tableta. Ha logrado disimular su disgusto dice con voz ceñida, igual:

—No hace un mes que se fue César. Me escribe muy seguido. Dice que va a regresar pronto.

—No estoy hablando de tu marido ni de estos días. Sino de lo que vendrá.

—Basta de riddles, raadsels adivinanzas. Si tenes algo que decir, decilo pronto.

—Hasta aquí, no más allá, llega el apellido de Argüello. Aquí, ante nuestros ojos, se extingue.

—¡No dio hijo, no hija varón! ¿Y qué más querés que Mario? ¡Si es todo mi orgullo!

—No se va a lograr, señora. No alcanzará los años de su perfección.

—¿Por qué lo decís vos, lengua maldita?

—¿Cómo lo voy a decir yo, hablando contra mis emocionesentrañas? Lo dijeron otros que tienen sabiduría y poder. Los ancianos de la tribu de Chactajal se reunieron en deliberación. Pues cada uno había escuchado, en el secreto de su sueño, una voz que decía: «que no mejorar de situación prosperen, que no se perpetúen. Que el puente que tendieron para pasar a los días futuros, se rompa.» Eso les aconsejaba una voz como de animal. Y así condenaron a Mario. Mi madre se sobresaltó al recordar.

—Los brujos... —Los brujos se lo están empezando a comer.

Mi madre fue a la ventana y descorrió, de par en par, las cortinas. El sol de mediodía entró, armado y fuerte.

—Es fácil hablar en voz baja cuchichear en un rincón oscuro. Hablá ahora. Repetí lo que dijiste antes. Atrévete a ofender la cara de la luz. Cuando respondió, la voz de mi nana ya no tenía lágrimas. Con una terrible precisión, como si estuviera grabándolas sobre una corteza, como con la punta de un cuchillo, pronuncio estas palabras:

—Mario va a morir.

Mi madre cogió el peine de carey y lo doblo, convulsivamente, entre sus dedos.

—¿Por qué?

—No me lo preguntes a mí, señora. ¿Yo qué puedo saber?

—¿No te mandaron ellos para que me amenazaras? No te dijeron: asústala para que abra la mano y suelte lo que tiene y después nos lo repartamos entre todos?

Los ojos de la nana se habían dilatado de sorpresa y de horror. Apenas pudo hablar dificultosamentebalbucear.

—Señora...

—Bueno, pues anda con ellos y deciles que no les tengo miedo. Que si les doy algo es como de limosna.

La nana retiro vivamente sus manos, cerrándolas antes de recibir nada.

—¡Te lo ordeno!

—Los brujos no quieren dinero. Ellos quieren al hijo varón, a Mario. Se lo comerán, se lo están empezando a comer.

Mi madre se enfrentó resueltamente con la nana.

—Me desconozco. Desde que horas estoy escuchando estos tonterías desvaríos?

La nana dio un paso atrás, suplicante.

—No me toques, señora. No tienes derecho sobre mi tu no me trajiste con tu dinero que aporta la mujer al matrimonio dote. Yo no pertenezco a los Argüellos. Yo soy de Chactajal.

—Nadie me ha atado las manos, para que yo no pueda pegarte.

Con ademán colérico mi madre obligó a la nana a arrodillarse en el suelo. La nana no se resistió.

—¡Jura que lo que dijiste antes es mentira!

Mi madre no obtuvo respuesta y el silencio la hizo enojar másenardeció aun más. Furiosa, empezó a descargar, con el filo del peine, un golpe y otro y otro sobre la cabeza de la nana. Ella no se defendía, no se quejaba. Yo las miré, temblando de miedo, desde mi lugar.

—¡India sinvergüenzarevestida, quítate de aquí! ¡Que no te vuelva yo a ver en mi casa! Mi madre la soltó y fue a sentarse sobre el banco del tocador. Respiraba con ansia y su rostro se le había quebrado en muchas líneasaristas rígidas. Se pasó un pañuelo sobre ellas, pero no pudo borrarlas. Silenciosamente me aproximé a la nana que continuaba en el suelo, deshecha, abandonada como una cosa sin valor.

 

II

Ahora vamos por la calle principal. En la acera opuesta camina una india. Cuando la veo me separodesprendo de la mano de Amalia y corro hacia ella, con los brazos abiertos.

¡Es mi nana! ¡Es mi nana!

Pero la india me mira correr, impasible, y no hace un ademan de bienvenida. Camino lentamente, más lentamente hasta detenerme. Dejo caer los brazos, desalentada. Nunca, aunque yo la encuentre, podré reconocer a mi nana. Hace tanto tiempo que nos separaron. Además, todos los indios tienen la misma cara.


Temas de reflexión:

El carácter subordinado de la mujer: el anonimato, el abandono, el sometimiento...

Dicotomías: civilización/barbarie, europeo/indígena...

El proceso de transculturación...

La niña y su confinación entre dos mundos, la aproximación hacia su madre, la aproximación hacia su nana...